Musicalidad: un diálogo posible entre psicoanálisis y música. “El cuerpo en el autismo”

Emilia Leo "Pintando la música"
Emilia Leo “Pintando la música”

¿Puede un analista ser músico?
(La música en uno de los cuerpos de hoy)

Walter García

 

 

“Quizás los músicos sean esos poetas de lo imposible
cuya piel está rota en múltiples orejas.”
(Alejandro Ariel)*

 

 

La idea del presente trabajo, además de una tentativa de respuesta a la pregunta de su título, es transitar por los bordes del lenguaje para poner a hablar el silencio que habita en mí.  Propuesta algo arriesgada debido a que uno cuando apuesta a la creación o a la invención, “se apuesta” y tarde o temprano pasa por sus orígenes.  Más allá de ello, el texto mismo busca a aquellos cuerpos lectores para que escuchen sus notas en el mar de letras impreso.  Una resonancia, una apuesta, donde sólo los efectos cantarán la serenata de dicha conquista.  Por lo demás, a buen entendedor… poco más que unos acordes. (1)

 

¿Qué se dice?

En la actualidad el imperio capitalista de los fármaco-diagnósticos hace que lleguen a nuestra consulta cuerpos que se presentan ruidosamente amordazados por una etiqueta químico-descriptiva; la cual no nos dice nada sobre la subjetividad de ese individuo que tenemos en frente.

Escuchamos con qué facilidad la moda impone los slogans de “Panic Attack”, o con que naturalidad se habla del TGD o “Espectro Autista”, pero realmente ¿Qué es lo que se escucha?.

 

Frente a esto me pregunto, este Espectro (¿fantasma?) de qué se ocupa. ¿Algo espectral – algo tan amplio que asusta y que a su vez describe tan minuciosa y detalladamente – puede nombrar realmente a alguien ahí?

 

Los cuerpos de hoy se muestran de formas variadas y en la mayoría de los casos en el límite, cuando ya no pueden más.  A su vez se los mira desde un gran ojo científico que cree que sabe; que arrasa con la importancia de sus palabras dejándolas impotentes; que los oye pero no los escucha.  Por eso la propuesta de este trabajo es despertar esa melodía intempestiva para que cada analista realice su apuesta.  Apuesta que no es sin riesgo de apunarse, o quedarse sordo por momentos frente al ruido moderno.  Pero que aún así es un desafío que pide a gritos que se lleve a cabo una acción pertinente.

T.G.D.

Hoy sabemos que el autismo ha perdido su especificidad de enfermedad mental para ingresar en el caldero de la discapacidad, definido por medio de sus comportamientos.  Es considerado un handicap a educar mediante un tratamiento pedagógico que, cual chaleco normativizante, convierte a sus cuerpos en máquinas agregarias repetitivas, sin intención y carentes de comunicación.  Es decir un dispositivo de educación por reproducción, que desatiende aquellos esbozos de singularidad que poseen los llamados autistas.

Desde el campo del psicoanálisis lacaniano encontramos varios intentos de abordar esta problemática.  Las distintas posiciones concuerdan en que el autismo posee una causalidad psíquica.  Aun así disienten en su perspectiva a cerca de la estructura.  A partir de la enigmática frase que Lacan deja en la conferencia de Ginebra: “se trata de saber porque hay algo en el autismo, o en el llamado esquizofrénico que se congela…” comenzaron a desarrollarse distintos lineamientos teóricos para dar forma a dicho espectro.
Por un lado tenemos a los Lefort quienes consideran al autismo como una cuarta estructura (diferente a neurosis, psicosis y perversión) y para dar cuenta de ello, teorizan una forclusión completa, conjugando la forclusión del Nombre-del-Padre y la ausencia de la alienación del significante del Otro materno.

Por otro lado Colette Soler  ubica a estos individuos autistas en el “umbral de la alineación significante” por una falla en la simbolización primordial de la madre en el infans.  Es decir que se produce la inscripción del significante primordial pero a su vez hay un rechazo de dicha alienación, dando cuenta de ese modo aquello que “se congela”.  Este  rechazo del llamado del Otro – esa presencia que se torna insoportable por el hecho de remitir a la opacidad del deseo materno – podemos leerlo en las distintas manifestaciones que se presentan en la clínica, por ejemplo la mirada al vacío o el aislamiento.

 

El cuerpo autista

Siguiendo los lineamientos de Colette Soler decimos que el autismo tiene que ver con una detención en el proceso de la constitución del sujeto. Un accidente que deja al sujeto “al borde de la simbolización”.

Gerardo Battista en su texto  “Hacer del autismo, en el dispositivo, una cuestión de sujeto” dice lo siguiente: “Entendemos entonces, al autismo como un modo particular de arreglárselas con la decisión de desentenderse del trauma de lalangue, es decir como una posición de rechazo al trauma, a la alineación, al Otro.”

Considerar al autismo desde esta perspectiva conlleva cierta problemática en relación al cuerpo. Si este impass tiene lugar en el momento de la constitución subjetiva, donde la alienación a ese significante primordial queda en el borde, imposibilitando así la efectuación de la estructura, entonces ¿el autista quedaría sin cuerpo?

Hay autores  que comparan a los autistas con los ángeles a condición de no tener cuerpo.  Otros piensan que ese cuerpo es un pedazo real del cuerpo de la madre.

Para ensayar algún intento de respuesta recorreremos algunas citas y conceptos de la teoría. Desde las “Dos notas…” de Lacan decimos por un lado, que el Otro primordial es encarnado en la madre, en la medida en que sus cuidados están marcados por un interés particular, por las vías de sus propias carencias.  Ahora, en qué lugar la madre ha de alojado a ese “parásito” – dirá Lacan – tiene que ver con cómo se juega en ella el nombre del padre.  Esto nos remite inmediatamente a la función del padre.  Dicha función  permite la encarnación de la ley en el deseo, dando forma a la metáfora paterna (donde el nombre del padre da sentido a la opacidad del deseo materno).  De acuerdo a la insondable decisión del ser, que allí tiene lugar, es como el sujeto se va a ubicar en respuesta a la verdad de la pareja parental.

Por otro lado esto nos lleva a hablar también de  las operaciones de alineación y separación.  Donde la primera consiste en la alineación a un significante del Otro primordial, que a su vez va constituyendo el cuerpo del sujeto en el momento en que se apropia de este S1, significante amo. Y la segunda produce la separación entre sujeto y objeto de goce primordial.  Separación del Otro, y a su vez una apropiación del S2, creando así un intervalo donde se podrá alojar un sujeto.  Es decir que la captura del cuerpo por lo simbólico tiene desde el un comienzo ciertos efectos sobre el goce. En el momento en que lo simbólico recorta el cuerpo, el goce se separa del mismo. Ya desde Freud podemos decir que el lenguaje es la libidinización del cuerpo. Constituye al sujeto y al cuerpo, y no solo mortifica a este último sino que también produce vida en relación a las marcas de goce que deja en él.

El hecho de que un accidente tenga lugar en el momento constitutivo, en la simbolización, hace que el autista sienta su cuerpo indiferenciado del resto de las cosas, lo que lo obliga a mantener su entorno inmutable. (Entonces el autista si tiene un cuerpo!)

A su vez este hecho impide la extracción del objeto que pondría a funcionar el circuito pulsional, haciendo que el goce retorne sobre el propio cuerpo en forma de un goce deslocalizado.  Allí donde no se ha inscripto el trazo simbólico, el imaginario desatado, no conforma el cuerpo; por lo que ultimo permanece fijado en lo real de las pulsiones.

Podríamos decir que estos individuos no han quedado atrapados en las redes del lenguaje sino que se encuentran hundidos en él.  No disponen de la palabra para frenar a lo real, ni de un yo con cierta consistencia que pueda amortiguar la mortificante irrupción del mundo. En otras palabras, carecen de ese espacio topológico propio que les permite sentirse a salvo de las continuas demandas externas y que al mismo tiempo establece cierta separación; un recorte entre el yo y el mundo. El cuerpo aparece como una superficie llena de palabras que, sin embargo, no sirven para sustraer el goce del mismo.  Entonces no estaríamos hablando aquí de un cuerpo fragmentado sino de un condensador de goce.

A partir de las condiciones en las que el goce se inscribe en el cuerpo, y a como se constituye la relación al Otro; podemos aislar la categoría clínica del autismo, de la paranoia y la esquizofrenia. En la paranoia la forclusión del Nombre-del-Padre y la inscripción del significante primordial del Deseo de la Madre dan lugar, por un lado a un cuerpo vaciado de goce; y por otro, a un Otro exterior, real, animado por un deseo o goce enigmático.  El S1 queda inscripto en su absoluta opacidad sin que el S2 lo signifique.  Es así que este goce enigmático deviene persecutor.  Podríamos decir que la figura del perseguidor es una interpretación de lo ominoso del Deseo de la Madre.

En la esquizofrenia a falta del nombre del padre (NP) los destinos del goce resuenan en el cuerpo.  Encontramos allí una especie de goce hipocondríaco en un cuerpo fragmentado. Aquello que Lacan llamo “regresión tópica del estadio del espejo”, demuestra que el cuerpo como la forma imaginaria, anticipada en la relación al otro – y que depende del Otro para su constitución – se manifiesta en su despedazamiento originario.

En el autismo decimos, junto a E.Schermann “… la imposibilidad de que el objeto a quede fuera del significante provoca un efecto de encarnación a nivel de lo real, tanto en el campo del sujeto como en el campo del Otro.  El autista busca un modo de oponerse al goce intrusivo que lo sitúa en el Otro.” Allí los objetos que invaden en lo real son principalmente la mirada y la voz.  Por eso Soler caracteriza a los autistas con un sentimiento de persecución frente a los signos de la presencia del Otro.

 

Un cuerpo-ruido

La frase: “los autistas no tienen cuerpo”  produjo en mí la sensación de que algo ahí seguía sin escucharse; y que quizás eso tenía que ver con las características que estos individuos traen consigo.  Como ya decía Lacan “los autistas se escuchan ellos mismos. Escuchan muchas cosas.  Esto desemboca incluso normalmente en la alucinación y la alucinación siempre tiene un carácter más o menos vocal.”

Por ello me parece pertinente abrir cuestionamientos: ¿Cuál es el cuerpo que no tienen? ¿Alguno de los dos de Freud o de los tres de Lacan? ¿Qué es aquello con lo que nos encontramos en el autismo si no es un cuerpo?

Una hipótesis acudió a mí resonando: el cuerpo autista es un Cuerpo-ruido. Una pura materialidad donde aún no hay eco. Un continnum de ruido mudo que ensordece. ¿Una libra de carne aun no corrompida?

Un ruido difícil de escuchar o que se oye demasiado sin prestar atención a los detalles.  Por detalles entendemos aquellos rasgos, a veces imperceptibles, situados en el cuerpo de: lo sonoro (reproducción de vocalizaciones rudimentarias, desenfrenadas y repetitivas, sonidos involuntarios, etc.) la motricidad (movimientos desarticulados, ininterrumpidos, desplazamientos extraviados sin orientación ni coordinación) o en el campo de lo visual (fijación de la mirada en las fuentes luminosas o en el reflejo de un haz de luz).

A partir de una clínica del detalle, y en este trabajo centrándonos principalmente en  el costado sonoro del asunto, intentaremos articular algunas cuestiones

Como ya veníamos diciendo, en esta problemática no encontramos un Otro primordial ni de la imagen, ni de la palabra, ni como portador de objeto.  En la relación con el Otro, a los autistas, se los define como los niños del Uno solo.  Se trata de un solo goce deslocalizado -y por eso envolvente- en un espacio inexistente, sin interior ni exterior.  Es como una esfera continua donde los sonidos rebotan y se enciman entre sí.  Allí lo sonoro lo envuelve todo, invade todo el espacio sin silencios ni pausas.

Junto a Pascal Quignard podemos decir que el sonido es un perforador de coberturas ya que no conoce límites. Golpea al cuerpo al instante dejándolo más que desnudo, sin piel.  No hay hermetismo ante lo sonoro. “El sonido no se emancipa nunca del todo de un movimiento del cuerpo que lo causa y lo amplifica”. Este ruido sordo que carece de ritmo y tonalidad; que no tiene timbre, armonía ni melodía, es el que encarna el autista.  Y que muchas veces se torna insoportablemente invasivo.

Estas últimas palabras dejan captar que tras ese barullo imperativo, se esconde una voz.

La voz en psicoanálisis es un objeto de la pulsión.  Una materialidad que se impone y suponemos se encuentra soportada en el sonido  Es una de las formas en las cuales se presenta el objeto a, vaciado de sustancia, en este caso de sustancia “sonora”.

Lacan plantea una esquicia entre la voz y el sonido, haciendo de la primera una pura materialidad imperativa y articulada que suele disimularse detrás de las palabras. Un excedente del discurso que no contribuye a producir sentido alguno. Lacan la define como “El objeto caído del órgano de la palabra” y también como “Una realidad sin duración que sobreviene borrándose cuando algo la llama en el Otro”.  Es decir que se desvanece al momento de emitirse, quedándose ahí mismo donde fue emitida; nace y muere en el mismo lugar.

Este objeto se ubica en un espacio de extimidad; en esa hiancia misma que separa lo Real de la realidad.  A su vez establece un vínculo que liga el significante al cuerpo sin pertenecer a ninguno de los dos.  Podríamos nombrarlo entonces como la ruptura misma que mantiene unidos al cuerpo y al lenguaje.

“La voz es la carne del alma, su materialidad no erradicable, por la cual el alma nunca puede librarse del cuerpo, depende de este objeto interior que no es sino la huella imborrable de la exterioridad y lo heterogéneo, pero en virtud del cual el cuerpo nunca puede ser el cuerpo sin más, es un cuerpo truncado, un cuerpo escindido por la hiancia imposible entre un interior y un exterior.  La voz encarna la imposibilidad misma de esta división y actúa como su operador.”

En estas personas “más bien verbosas”, esta división de la que habla Mladen Dólar se encuentra truncada.  El objeto en estos casos se presenta de una forma particular, y hasta parecería que estos individuos no pueden encontrar ninguna vía de escape a esta sonoridad intempestiva.

¿Qué tratamiento podría realizarse de eso que invoca de tal manera? ¿De qué manera se puede intervenir allí, y con qué recursos? Es aquí donde la música puede venir a nuestro  auxilio.

La música es, según la definición tradicional del término, “El arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo.  Es decir que por medio de la escansión, un analista puede hacer-decir a ese ruido una canción!  Ya Lacan decía: “La voz puede ser estrictamente la escansión con la que les cuento todo esto.¨

Aquí el analista oficia de oreja. Una oreja que escucha.  Pero aquello que escucha no tiene que ver con los oídos, sino con el significante.  Significante en tanto recorta y hace resonar una diferencia.  Una diferencia que opone, que confronta sonidos.

Por medio de los recursos musicales se intenta armonizar los silencios y dar forma a un cuerpo.  Estableciendo pausas, cortes; creando ritmos que no se oyen sino que vibran, y que se escuchan con el cuerpo.

Los recursos musicales se definen de la siguiente manera:

La melodía  es un conjunto de sonidos —concebidos dentro de un ámbito sonoro particular— que suenan sucesivamente uno después de otro (concepción horizontal), y que se percibe con identidad y sentido propio. También los silencios forman parte de la estructura de la melodía, poniendo pausas al “discurso melódico”. El resultado es como una frase bien construida semántica y gramaticalmente.

La armonía, bajo una concepción vertical de la sonoridad, y cuya unidad básica es el acorde1, regula la concordancia entre sonidos que suenan simultáneamente y su enlace con sonidos vecinos.

La métrica, se refiere a la pauta de repetición a intervalos regulares, y en ciertas ocasiones irregulares, de sonidos fuertes o débiles y silencios en una composición.

El rítmo, es el resultado final de los elementos anteriores, a veces con variaciones muy notorias, pero en una muy general apreciación se trata de la capacidad de generar contraste en la música, esto es provocado por las diferentes dinámicas, timbres, texturas y sonidos.(2)

El ritmo ordena y aminora; establece tensión entre dos acordes armando un espacio vacío.  Ese espacio puede ser aquel primer lugar de habitabilidad para un sujeto.  Instala eso que Lucia Villar nombra como Espacios ingrávidos: “…espacios que preservan el vacío y lo enmarcan, allí donde tiene lugar el movimiento vivo.  Espacios donde el psicoanálisis es sorprendido por el sujeto, despertando de la quietud conceptual que lo adormece”.

La música protege de lo sonoro alcanzando una consonancia, una reconciliación sonora.  A su vez sus ritmos arman un espacio y organizan un intervalo – vía la cadencia –  entre los acordes, suavizando el silencio que aturde.  Nuevamente Pascal Quignard da en la nota justa cuando dice “Rodeamos de lienzos una desnudez sonora, extremosa, lastimada, infantil, que perdura sin expresión en lo más hondo de nosotros.  Estos lienzos son de tres clases: las cantatas, las sonatas, los poemas”

Por cadencia se entiende a aquella serie de sonidos, movimientos o acciones que se suceden de un modo regular o armónico.  También se conoce como aquella distribución armónica de acentos y pausas en un texto.  Etimológicamente Cadencia proviene del italiano Cadenza, que deriva de cadere: caer.

Podríamos plantear entonces que por esta vía se intenta hacer caer el “objeto voz” dando lugar a un intervalo entre cuyos ritmos el sujeto intentaría quedar sujetado.  De esa manera podría conquistarse ese silencio que aturde, bordeándolo  a través de un marco sonoro, un vacío sonoro.

La música con su fuerza seductora y su atractivo irresistible es un intento de domesticar al objeto, volverlo un objeto de placer estético, y levantar una pantalla acústica contra lo que es insoportable.  Miller va a decir “Si hacemos música y la escuchamos…es para silenciar lo que merece llamarse la voz en tanto objeto a”.

De esa manera, al incorporar la voz -modelando ese vacío imposible- se establece un tiempo y un espacio en nuevas dimensiones.  Donde se hacen presentes las diferentes tonalidades; donde se puede discriminar la acentuación; donde se puede hablar cantando desde un principio hacia un fin, la coda (3).

Al mismo tiempo permite contornear un cuerpo que empieza a vibrar de otra forma.  Inscribe nuevos huecos que permiten la resonancia de un eco sinfónico.  Puesto que no hay música sin escritura “Pero la música agujerea el duro mutismo de lo simbólico y, al sobrepasar esa frontera, cosquillea al cuerpo en su acto de transmisión, porque no hay música sin interpretación.”

Para terminar este apartado me gustaría transcribir una cita de Miller, extraída del texto “Encuentros, en el margen, entre la música y el psicoanálisis” (Ivan Ruiz Acero):

“Hay, en efecto, una cierta necesidad de que el objeto sea depositado, absorbido.  El arte sirve para ello (…) Pero, evidentemente, una erótica del tiempo nos conduciría sobre todo a hablar de la música como el arte del tiempo.  La música no eclipsa el tiempo como la pintura; más bien depura el tiempo. lo maniobra.  Sustituye el tiempo imprevisto del objeto a por un tiempo regulado, ordenado, manipulado, con ritmo. ¿La música, que objeto depone? Sin duda la música es el depósito del objeto a voz, aunque también lo es del significante como objeto a, lo que es lo mismo que decir, del significante en su realidad material.  Especialmente bajo la forma de la nota, que tiene una duración.  En cierto modo el objeto a, como tal, vuelve el tiempo no homogéneo; opera estrechamiento y dilataciones del presente.”

 

¿Qué lugar para el analista?

Interrogar como psicoanalistas el concepto de autismo nos lleva a plantearnos, más allá de un dispositivo de intervención, una forma de abordaje de la problemática.  Partimos considerando dicha problemática como un modo particular de respuesta del sujeto frente al trauma del lenguaje; un rechazo.

Entonces a partir de una oferta de trabajo psíquico con ciertas condiciones, se intenta inaugurar un espacio para alojar a dicho sujeto, por venir, en su particularidad, permitiendo el despliegue de su potencialidad; así como el surgimiento de su singularidad.

Liliana Di Vita en “interrogar al autismo” propone un dispositivo en el cual se intenta hacer espacio en el lenguaje. Entonces porque no pensarlo como un intervalo entre a-cordes.

La  apuesta es por la producción de un sujeto relanzando, desde la particularidad de cada individuo, aquel proceso que quedó detenido en un principio.  El trabajo del analista consistiría en  intervenir constituyéndose como lo Otro, como la alteridad, intentando ser ese otro que devuelva una imagen, un ritmo, una diferencia, para que se ubique algo por fuera.  En ese mismo movimiento se generaría la posibilidad de establecer dos lugares.  Por un lado se hace del goce algo tratable y por otro, se fundan las bases para que un esbozo transferencial comience a operar allí, en la medida de lo posible.

Las intervenciones del analista buscan producir un acontecimiento que introduzca al sujeto en la estructura.  Intentan construir un espacio en donde el sujeto pueda alojarse, permitiendo a la vez que la presencia del analista sea soportada.  Esto último es lo más importante puesto que los niños del Uno solo -parafraseando a Lacan- no llegan a escuchar lo que les decimos en tanto nos ocupamos de ellos.  Mientras más presente se haga el analista, más atronadora es la sonoridad.  Por lo tanto que mejor que los ritmos musicales para establecer una pantalla que medie acustizando el ambiente.

Que desde la topología genere una extracción y una exterioridad: extraer un objeto realizando un tratamiento del mismo, para crear así un más allá que no es un aquí, un después que no es un ahora, un otro lugar que no es encima.  Es decir construir un espacio que implique profundidad, altura y superficie, para que ese ruido encuentre eco, vibre y se transforme en una canción.  Donde uno escucha, se escucha y es escuchado al a vez.  Allí donde la melodía ya no pertenece ni a uno ni a otro.  Efecto cuya consecuencia mueve a tocar, componer y escuchar otras músicas.

*

Notas:

*) Ariel, A.  Esculpir el vacío con la voz.  La mudez sonora de la lengua, “El Estilo y el Acto”. Edit Manantial SRL 1994.
1) un acorde consiste en un conjunto de dos o más notas diferentes que suenan simultáneamente o en sucesión y que constituyen una unidad armónica dentro de la composición.
2wikipedia.
3) Parte final de una composición musical, que generalmente repite los motivos principales.
Conjunto de versos que se añaden como remate a ciertos poemas

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